La prolongación de las crisis solo se debe, en efecto, a que tal opinión no se ha hecho todavía dominante, a que sigue encerrada en el espíritu de un reducido número de pensadores; ya que la ignorancia y la incertidumbre en que los pueblos y reyes se hallan sumidos acerca del verdadero carácter del sistema que debe establecerse son la causa primera de sus errores y de sus faltas respectivas; esto es lo que mantiene a unos y otros en el camino equivocado.
En el momento mismo en que los pueblos se den cuenta claramente de que se trata ya de instaurar el régimen industrial y científico, reconocerán inmediatamente que el antiguo sistema se haya hoy lo bastante modificado como para permitir dedicarse directamente a la constitución gradual y pacífica del nuevo sistema. Su actividad dejará de centrarse en la crítica para girar en torno a la organización. Abandonará, por consiguiente el carácter revolucionario.
Asimismo, en el momento en que los reyes en vez de contemplar con temor el orden de las cosas que tienden a constituirse se hagan de él una idea exacta y precisa, admitirán que la existencia de la monarquía, lejos de hallarse comprometida por el impulso actual de la civilización, tiende por el contrario a consolidarse, incorporándose al nuevo sistema; comprobarán igualmente, con la misma facilidad, cuan absurdo y quimérico resultaría pretender impedir la formación de un régimen que se apoya no en los intereses de una facción sino en las fuerzas reales de la sociedad, tanto en lo temporal como en lo espiritual. Renunciarán, pues, al carácter retrógrado, para colocarse a la cabeza del gran movimiento organizativo.
La opinión de que el poder temporal debe pasar hoy a mano de los industriales y el poder espiritual a mano de los sabios es la única que puede poner fin a la crisis en que se halla sumido todo el occidente europeo; es la única que puede restablecer la armonía entre los pueblos y los reyes: es la única, por último, que puede aniquilar la influencia malsana de las distintas clases de facciosos, influencia enteramente basada en las ideas vagas y erróneas que todavía dominan a los pueblos y a los reyes.
Así pues, el primer deber de todos los espíritus honrados, de todos los verdaderos filántropos, es desarrollar y propagar lo más posible la opinión industrial y científica. Su objetivo debe ser, en una palabra, convertir a los pueblos y a los reyes a dicha opinión. Esta es la tarea que yo me he impuesto y que cumpliré en la medida en que me sea posible, combatiendo todas las malas ideas que siguen apartando a lo pueblos y a los reyes de tal opinión.
El sistema industrial. Trad. A. Méndez. Ed. de la revista del trabajo. Madrid 1975, pp. 230-232
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